lunes, 15 de noviembre de 2010

El espíritu infantil

Tengo una hermana menor que yo, y hasta donde sé yo siempre he sido más infantil que ella. Quiero decir, que yo puedo seguir insistiendo en ver películas para niños, jugar e imaginar cosas cuando mi hermana está preparándose para salir a una fiesta y pasar el rato con sus amigos.
Mientras que ella lee revistas de adolescentes y ve tiendas de ropa, maquillaje y accesorios, yo me entretengo leyendo libros, viendo el atardecer o rondar por la tienda sin que ningún zapato de tacón me llame la atención. Raro, lo sé... Pero así me gusta.
Llegó un día en el que me pregunté porqué sucedía esto, si se suponía que yo "soy" la mayor. Llevé esta cuestión a mi padre y él me dijo: A tu hermana le sucedió que perdió su inocencia demasiado rápido. Al principio sus palabras me resultaron fuertes y confusas, pero comprendí...
No tenía imaginación. Había abandonado sus sueños, esperanzas y deseos de ver que lo imposible se volvía realidad. Quería vivir este mundo como todos los demás, sin añadir colores nuevos ni prestarle atención a los pequeños detalles. Qué clase de mundo era ese en el que vivía? Sin mundos fantásticos ni sueños imposibles y sin la imaginación que adorna el triste mundo?
Mi hermana no veía lo que yo. No sentía lo que yo... No podía. Había perdido su espíritu infantil...
Le comuniqué estos hallazgos como quien le da la noticia a un paciente que le acaban de descubrir cáncer. Ella, por supuesto, me tiró de loca y dijo que ella estaba bien, que la rara era yo. Pero creo que no lo tomó muy a la ligera... Porque algo en ella cambió. 
Debo admitir, que no todo en mí es una niña. Hay veces en las que la madurez me alcanza y llego a ser la mamá de mis amigos, la más responsable y seria... La cosa, es equilibrar.
Entonces, un buen día caminábamos por las afueras de una plaza cuando vimos una alberca inflable, con enormes pelotas de plástico. Lo increíble, era que estas pelotas llevaban adentro personas! Mi hermana no se pudo resistir e inmediatamente le suplicó a papá que la dejara. Yo con gusto quería unirme, pero una voz dentro de mí me decía que era demasiado grande para esas cosas... Y mi espíritu infantil seguía batallando. Mi hermana me insistió incontables veces, pero las rechazaba. Los que estaban dentro de las pelotas eran niños, no jóvenes como yo.
Entonces, como caídos del cielo a manera de señal, unos chavos se subieron. ¡Al diablo con la madurez! ¡Si el espíritu quiere no le vas a negar tamaña diversión! Y me subí. Recomiendo a todas las personas que estén leyendo esto a que lo hagan. Métanse a una de esas pelotas de plástico como su fueran hámsters en su bola de juegos y tengan un rato increíble.
No pierdas nunca el espíritu infantil. Por nada del mundo lo vayas a dejar, ya que te enseñará cosas que otros no ven, y te mostrará lo que es verdaderamente valioso para tu vida: Vivir bien.

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