Una foto donde sale toda tu familia, una piedra muy bonita que encontraste en el bosque, la carta más hermosa que te hizo llorar, el primer libro que leíste, las obras de arte de tus niños cuando tenían cinco, un billete extranjero, el ticket de la función a la que habías anhelado ir desde hace tiempo, un recorte de revista, una postal, la llave de tu casa o el casillero donde guardaste tus libros por tres años...
Son muchas las cosas que vamos coleccionando a lo largo de nuestra vida porque nos las regaló alguien muy querido, te recuerda un momento en especial de tu vida, era el testigo de un sueño cumplido, lo encontraste curioso o bonito. Sea cual sea el motivo que se esconde detrás de ese objeto, allí está, en tu mesa de noche o en una repisa, pero cuando lo ves, revives la memoria donde lo recogiste y decidiste añadirlo a tu colección. Una colección de recuerdos, de objetos de valor moral, por muy insignificantes que sean.
Yo allí tengo mis libros, los dibujos más bonitos, unas piedras, algunos objetos tontos pero que son especiales para mí... Una lista interminable de objetos que se añaden con los años y que reinventan su historia poco a poco. Nunca acabas por sumar cosas, no hasta que ya no hayan momentos memorables o cosas que te llamen la atención.
Esas son las cosas que guardamos. Que de pronto nos liberan en una pausa dentro de nuestra vida y nos devuelven al momento tan feliz y querido. Tomas el objeto en tus manos, le das vueltas, resuenan en tu cabeza esas frases tan memorizadas, y lo guardas en el bolsillo. Llevas la mano varias veces en el día al bolsillo y tomas esa piedra u objeto y vuelves... Como si fuera un amuleto de la buena suerte, todo el día sonríes.
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